jueves, 23 de noviembre de 2017
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Redacción

Dos cosas acerca de la cultura en Chile en el 2015

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Justo Pastor Mellado. Crítico de arte/curador independiente

¿Escribir sobre cultura en Chile, al finalizar este año? Hay dos cosas: una interna, otra externa. La primera es que ha habido reemplazo de ministro. Al menos, el nuevo ministro sabe de qué habla. Luego, ha puesto en evidencia la vulnerada fragilidad del aparato del Estado en Arte y Cultura, reformulando las bases de lo que debiera ser un futuro ministerio.

Chile no tiene ministerio de cultura, sino un Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes, creado hace poco más de diez años, sobre la base decepcionante de una división de cultura que estaba incrustada en el Ministerio de Educación. La conversión de esa mediocridad institucional en una nueva institución ha sido una de las experiencias más interesantes, en cuanto a montar dispositivos que terminan autoabasteciéndose y reproduciendo su propia justificación de existencia.

Cultura, en Chile, es lo que define la pragmática presupuestaria de la burocracia del CNCA. El nombre de las cosas cubre más de lo que las cosas son capaces de sostener. Es un modelo de comportamiento. He aquí un caso ejemplar: el presidente del CNCA tiene rango de ministro, aunque no tenga capacidad de firma. Aparece en las fotos del gabinete. Un nuevo ministerio significa que un ministro firme con su nombre y disponga de un presupuesto autónomo. De modo que en Chile, cuando se habla de ministro de cultura, se habla de un ministro incompleto. Es algo propio del sistema. Aprendimos a nombrar la incompletud como cultura del encubrimiento.

La tarea principal es montar la ficción de un proyecto que dé lugar a un Ministerio de las Culturas, de las Artes y del Patrimonio. Si ha sido mediocre e ineficaz en las dos primeras tareas, es de imaginar lo que va a ocurrir con la atribución de una tercera. Mas aún, cuando la pretensión del proyecto es la de avanzar desde la vulnerabilidad del objeto hacia la vulnerabilidad del aparato. Es decir, que siendo el propósito de este último el manejo de la producción subjetiva de las poblaciones vulnerables, el nuevo ministro tiene como mandato ocuparse de la vulnerabilidad del propio aparato que cumple mal la función que le había sido asignada.

Cultura, es sobre todo lo vivido-soportado del servicio que se ocupa de cultura. Patrimonio, como la memoria inicial de la oligarquía, es una espacio que ha experimentado una democratización forzada, en función del desarrollo de una incipiente industria del turismo, que convierte toda manifestación significativa en unidad de negocio escenográfico. Esto es lo que ocurre en el plano de la institución. Que es todo el plano de lo deseable, teniendo que ocuparse de un ejército de funcionarios directos e indirectos, que han encontrado en cultura un nicho laboral que, como decía al comienzo, se reproduce a si mismo al punto de lograr el reconocimiento tributario de la categoría de gestor cultural, cuya productividad, en términos estrictos, tiene muy poca incidencia en el PIB. Frente a esto, lo único que se puede desear para el próximo año es que al ministro nuevo le vaya bien. Es decir, que logre montar su ficción y la convierta en un proyecto de ley.

La segunda cosa que ha ocurrido este año ha sido un desplazamiento de eje de la producción cultural efectiva. Como lo he sostenido mas arriba, en Chile se nombra las cosas dejando un espacio muy flexible para que la designación incluya lo que a la cosa le hace falta para existir en forma. Por ejemplo, se pronuncia la palabra "museo", y lo que tenemos por delante no es jamás un museo, sino un centro de eventos de la clase política reforzado por las funciones de una galería de exhibiciones entregada al mejor postor, que es quien hace su política de programación. Pero se le llama "museo". De modo que se podría decir que padecemos la cultura del suplemento nominativo. Sin embargo, lo que ha ocurrido en el terreno de la producción política, ha develado la determinante distinción marxiana entre superestructura e infraestructura, como una distinción descriptiva de una cultura edificatoria.

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