martes, 20 de febrero de 2018
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Redacción

Brexit: la tensión entre las dos Europa

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Thierry Chopin y Jean-François Jamet. Doctor en Ciencias Políticas y Profesor de Economía.

El euroescepticismo británico se ancla en una larga tradición. La oposición a la participación del Reino Unido en la UE ya era elevada en 1974 (39% entre los británicos respecto al 14% de media en los otros Estados miembros, a solamente un año de su adhesión). Los datos del Eurobarómetro muestran que una mayoría de los británicos ha considerado de forma casi constante, desde hace más de tres decenios, que su país no se beneficiaba de su participación en la UE. Desde una perspectiva más identitaria, los británicos se consideran muy poco europeos en comparación con la media europea. La British Social Attitudes Survey de 2015 indica que el 47% de los británicos consideran la UE como una amenaza a la identidad cultural del Reino Unido (en relación con un 30% que expresa un sentimiento inverso).

Tradicionalmente, la participación del Reino Unido en la UE se ha apoyado sobre el deseo de participar en el mercado interior, mientras los británicos rechazaban la idea de una unión más estrecha. La profundización de la integración con, por ejemplo, la creación de la Unión económica y monetaria y las políticas de cohesión, ha alejado la realidad de la UE de la Comunidad económica en la que los británicos escogieron entrar (y de permanecer en ella tras el primer referéndum de 1975). El resultado es que desde 1996, los británicos han estado mayoritariamente a favor de permanecer en la UE a condición de que sus poderes sean reducidos. Les opt-out y los reembolsos presupuestarios de que el Reino Unido se ha beneficiado trataban de remediar en parte esta situación. Del mismo modo, el acuerdo adoptado en el Consejo Europea de febrero de 2016 pretendía, en sus ámbitos político y económico, tranquilizar a los británicos respecto a la soberanía del Reino Unido, indicando que el Reino Unido no está contemplado en una unión más estrecha y conserva su autonomía respecto a ciertas reformas institucionales adoptadas por la zona euro tras la crisis financiera. Por ejemplo, la creación de la Unión bancaria y del Mecanismo europeo de estabilidad.

De otro lado, la campaña del referéndum ha puesto de manifiesto que la población británica no comparte algunos fundamentos de la política europea británica. Por ejemplo, el rechazo de los flujos migratorios procedentes de otros Estados miembros de la UE y de una posible adhesión de Turquía, mientras los gobiernos británicos han apoyado históricamente la ampliación y no habían adoptado un período de transición en materia de circulación, tras la adhesión de Bulgaria y Rumanía.

Estas consideraciones generales no deben enmascarar las notables diferencias existentes en el seno de la población británica. Estudios recientes muestran que las personas con ingresos y estudios más bajos tienen una probabilidad más alta de ser euroescépticos. También el euroescepticismo aumenta con la edad. En el ámbito geográfico, las áreas urbanas, Escocia e Irlanda del Norte son estructuralmente menos euroescépticos que el campo inglés.

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