martes, 16 de enero de 2018
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Desigualdad

En este número

Juan Carlos Hidalgo. Analista de políticas públicas sobre América Latina en el Centro para la Libertad y Prosperidad Global del Cato Institute en Washington, DC

El debate sobre la desigualdad promete dominar la discusión política este año. En Washington, el presidente Obama hizo del tema el eje central de su discurso del Estado de la Unión. En Davos, líderes políticos y empresariales reunidos en el Foro Económico Mundial discutieron sobre los retos que implica la creciente disparidad de ingresos en los países desarrollados. Y en La Habana, los presidentes de América Latina enfatizaron su compromiso para luchar contra dicho flagelo durante la cumbre de la CELAC.
Ezequiel Adamovsky. Doctor en Historia por University College London (UCL)

Hace unas semanas respondí en el diario Clarín a un articulista que sostuvo que el liberalismo era el "corazón" de la democracia. Mi argumentación, que iba en sentido contrario, disparó varias contestaciones de liberales que se sintieron ofendidos. Esta nota quisiera ampliar el sentido de mi intervención, poniendo a disposición del público algunas de las discusiones que plantean los especialistas en la historia de la tradición liberal (en general muy poco conocidas por los militantes de esa orientación).
Jaime Atienza. Director del Departamento de Campañas y Ciudadanía de Oxfam Intermón

Hace un año, 85 personas tenían tanta riqueza acumulada como media humanidad. En un solo año eran ya solamente 80 las personas que tenían tanto como 3.500 millones de personas. Y en 2016 el 1% de la población mundial acumulará tanta riqueza como el 99% restante; 70 millones de personas tienen tanto como 7.000 millones. Carlos Slim, el hombre más rico del mundo, necesitaría vivir más de 200 años gastando un millón de dólares al día para agotar su fortuna.
 
Sandra León. Doctora en Ciencias Políticas y profesora en la Universidad de York (Reino Unido)

La desigualdad corroe el proyecto europeo. Así rezaba un artículo publicado en El País refiriéndose a la abrumadora evidencia sobre la creciente desigualdad en Europa. Puede que a estas alturas los datos sobre la brecha económica entre individuos y países no sorprendan a nadie. Los efectos de la crisis sobre la distancia entre ricos y pobres son tan palmarios en las estadísticas como lo son en la realidad de cualquier ciudadano que pise la calle. El empobrecimiento es la primera y más directa consecuencia de la desigual distribución de las cargas impuestas por las políticas de austeridad, pero ¿Qué consecuencias se derivan de la desigualdad más allá de la pobreza?
Nancy Folbre. Economista

Aunque confesando su admiración por Piketty, la economista norteamericana Nancy Folbre enuncia tres objeciones ¿Cuál es el impacto de las diferencias entre trabajadores en los conflictos de clase? ¿Qué papel juegan las diferencias según el género? ¿Las desigualdades económicas entre las naciones, o grupos de naciones, no constituyen un problema más importante que las que existen entre los individuos de una nación?
Roberto Martínez Yllescas. Especialista en políticas públicas y competitividad de la OCDE

Después de caer en cuenta que el mundo ha transitado por la peor crisis económica, después de la Gran Recesión de 1929, las fórmulas convencionales de reactivación económica -desde una perspectiva dominada por el canon macro-financiero- sufren una correspondiente crisis de credibilidad. Ésta, a su vez, se traduce en un creciente escepticismo respecto de la equidad de los mercados y de la racionalidad que los sostiene. Las consecuencias del mediocre crecimiento del último lustro replantean además las bases del pacto social que sostiene las bases de las economías históricamente más robustas en Occidente. El desempleo endémico, la desigualdad acelerada y la erosión de la confianza en la eficiencia de las instituciones económicas son sólo un síntoma del más profundo dilema entre equidad y crecimiento.
Roberto Savio. Fundador de la agencia IPS y editor de Other News

En esta columna, publicada por Periodistas en Español, Roberto Savio dice que mientras los efectos del colapso del sistema financiero siguen siendo graves y los pronósticos para el futuro son sombríos, un estudio del Fondo Monetario Internacional ha formulado, inesperadamente, una objeción a un principio fundamental de la doctrina liberal. Afirma que la mayor formación de los trabajadores, sindicatos representativos, y un mayor gasto del Estado ayudan a reducir la desigualdad en los países.
J. Ruiz-Huerta. Catedra?tico de economi?a aplicada (Hacienda Pu?blica) Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y colaborador de la Fundación Alternativas

La preocupación por la desigualdad ha crecido de manera notable tras el período de crisis vivido en los países del sur de Europa y particularmente en España. Durante la etapa de expansión anterior éste no era un problema central ni motivo de especial inquietud entre los ciudadanos ni entre los economistas. Podría decirse incluso que, hechizados por el funcionamiento de los mercados y la competencia y el continuo crecimiento del PIB, muchos economistas consideraban que la cuestión de la desigualdad era un tema menor, objeto de atención por parte de otras disciplinas científicas y que no merecía una atención especial desde la economía.
José Saturnino Martínez García. Doctor en Sociología y profesor de la Universidad de La Laguna

La unidad del estudio de la desigualdad social no son los individuos, son los hogares. Las decisiones sobre la inversión, el gasto o si incorporarse al mercado de trabajo las toman las personas según sean las características de los hogares en las que viven. Las dinámicas sobre la formación y reconfiguración de los hogares pueden afectar a la desigualdad económica y a los procesos de pobreza y exclusión social. Por ejemplo, hay quienes consideran que el aumento de la desigualdad económica experimentado en las últimas décadas en muchos países de la OCDE puede estar relacionado con nuevas formas de emparejamiento.
 

Carlos Mulas-Granados. Profesor de Economía Aplicada de la Universidad Complutense

En los últimos cinco años, la preocupación por el aumento de la desigualdad de ingresos ha estado en el centro de los debates de política económica. Sin embargo, hay un área que se ha mantenido relativamente inexplorado. Esta es el área que se ocupa de la relación entre la participación laboral de los ingresos y la desigualdad del ingreso personal. La desigualdad de ingresos se refiere a la distribución personal de la renta y la cuota del trabajo se refiere a la remuneración de los asalariados en el ingreso total de los factores (valor añadido) en un año determinado. Cuando se mira a estas dos series, el impacto visual es impactante. Por ejemplo, entre 1970 y 2012 la cuota del trabajo en los países del G-7 se redujo en promedio un 12 por ciento, mientras que la desigualdad de ingresos aumentó en un 25 por ciento.

Peru Erroteta. Periodista

En un reciente informe de Fedea -en cuyo patronato se dan cita quince de las más relevantes compañías del país, incluidos bancos- sobre "Renta personal de los municipios españoles y su distribución", se situaba Barcelona entre las ciudades con más desigualdad de España. A idéntica conclusión llega el informe hecho público a finales del pasado años sobre Renta Familiar Disponible (RDF) per cápita en los barrios de Barcelona en 2012, en comparación con 2011, elaborado por el propio Ayuntamiento. En Barcelona, los altos beneficios por rentas del capital y patrimonio contrastan con el mayor paro de larga duración y el agotamiento de las prestaciones sociales.
Juan Ignacio Palacio Morena. Catedrático de Economía Aplicada

Conviene precisar que la desigualdad es un concepto relativo. Nace de la comparación entre diferentes sujetos y situaciones. Depende además de qué se quiere medir y cómo se mide. La noción más extendida toma como referencia la renta monetaria disponible. Se suele medir cómo se distribuye dicha renta estableciendo segmentos de población, comenzando por los de menor nivel de renta, y viendo qué porción de renta les corresponde. El indicador más usual en ese sentido es el denominado índice de Gini. Éste calcula la distancia entre la proporción de población considerada y la que representa la renta de que dispone. Si no hay diferencia alguna, es decir si a cada uno le corresponde la misma proporción de renta, el índice es cero (igualdad absoluta). Por el contrario, cuando la renta está completamente concentrada, un grupo o persona lo tiene todo y los demás no tienen nada, el valor del índice de Gini es uno. De ahí que cuanto más próximo a cero sea el índice menor desigualdad (mayor igualdad) existe; y a la inversa, en la medida que se acerca a uno, la desigualdad crece.

 

Joaquín Santo. Licenciado en Filología Hispánica y Diplomado en Trabajo Social

Nuestra sociedad es incapaz de percibir el problema de la desigualdad. Hace unos años, antes de la crisis, cuando creíamos vivir en el mejor de los mundos posibles, la invisibilidad de la desigualdad podría resultar comprensible. Sin embargo, resulta bastante más difícil de entender que nada haya cambiado en esta percepción después del continuado aumento de sus cifras durante los últimos años, de la importancia creciente que se le da en los espacios mediáticos e incluso políticos y después de que se hayan producido importantes consecuencias en las vidas cotidianas de millones de personas.

Carmen P. Flores. Periodista

En condiciones normales, la desigualdad se nota menos, aunque la hay, pero, en tiempos de crisis esta es tan grande, manifiesta y cruel que no puede dejar a nadie indiferente.

  

Juan Carlos Solano Lucas. Profesor Titular de la Universidad de Murcia

Llevamos años escuchando en los medios de comunicación y desde distintos organismos tanto internacionales como nacionales, que el Estado es ineficiente, que es más rentable que las empresas privadas gestionen los recursos públicos, que no es sostenible el Estado Social, que los empresarios arriesgan mucho, que no es viable mantener el Estado de Bienestar, ni siquiera es rentable, etc?

Antoni Aguilera Rodríguez. Presidente de la Cruz Roja en Catalunya

Las competencias profesionales son el principal criterio que tendría que prevalecer en la contratación. Es una afirmación que podría parecer de sentido común, pero que, desgraciadamente, debemos repetir una y otra vez, porque, la realidad es bien distinta. En pleno siglo XXI, aún nos vemos obligados a reiterar que no debería discriminarse a nadie en el mercado laboral por cuestiones de edad, género, origen o ideología.

Marta Soler. Doctora por Harvard y profesora de Sociología en la Universidad de Barcelona
Iñaki Santa Cruz. Profesor de Economía de la Empresa de la Universidad Autónoma de Barcelona

En el artículo se plantea el efecto que tienen las cooperativas de trabajo sobre la disminución de las desigualdades y la aportación de las mismas al logro de sociedades más igualitarias y menos vulnerables.

Carlos Sabino. Sociólogo e historiador

El tema de la desigualdad, como tantos otros, tiene su historia. Hasta hace unos doscientos años la desigualdad que importaba -la única que contaba, en realidad- era la llamada desigualdad o diferencia de condiciones. Las sociedades todavía se dividían en estamentos rígidos que impedían la movilidad de las personas: se nacía noble o plebeyo, se era indio, negro o mulato, y se debía permanecer allí, en esa franja social que se convertía en una muralla rígida dentro de la que se tenía que vivir toda la vida. No está de más recordarlo, porque aún en buena parte del siglo XX y en muchas partes del mundo se repetía esta situación, heredada de tiempos ancestrales.

Rodrigo Fernández Miranda. Docente, consultor e investigador social

Como sucedió en América Latina en las tres últimas décadas del Siglo XX, la implementación de políticas neoliberales en el sur de Europa está produciendo una aceleración sin precedentes de las desigualdades en sus territorios. El texto propone ilustrar el escenario de desigualdades en el Estado español e indagar en sus causas y consecuencias, más allá de la economía.

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Inscrita en el Registro Mercantil de Barcelona al tomo 39.480,
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